Aquí sigo, amigos míos, viviendo una espiral de emociones continua. Todo sigue maravillosamente bien. El tiempo vuela y la semana que viene ya empieza octubre, cosa que me asusta un poco. Ya me han aconsejado un buen lugar para comprarme un disfraz de halloween y esta noche empieza la recta final de las elecciones con el primer cara a cara LovelyObama-McCain. Pero vamos a lo nuestro.
El otoño ha llegado a la ciudad, que ya era hora. Hoy ha amanecido lloviendo y se ha desplegado un inmenso abanico de katiuskas de todos los tipos y colores. Pero lo de llevar paraguas no lo llevan muy bien y no conocen las reglas implícitas que su uso conlleva que todo gallego de pro acostumbrado a la lluvia desde la cuna conoce y respeta.
Esta semana he vuelto a Queens. Esta vez a comer creps de plátano, queso y dulce de leche, maravillosos. He estado en Astoria Park bajo la lluvia. Sigo sin conocer la famosa bola del mundo gigante que tienen en Queens. Mis compañeros de clase son la bomba. Hoy ha sido el último día de la judía y a pesar de nuestras diferencias (sobre todo en lo tocante al Monopoly, ya que ayer llegó a mandarme callar) nos hemos despedido con pena.
Me estoy aficionando a las sopas. Me chiflan las sopas, de pavo, de brécol, de patata. He probado la barbacoa coreana, que es una delicia grasienta que grita colesterol a cada bocado. He disfrutado de mi primer brunch en el East Village mientras parloteaba sin parar con mi parteneire, Javi de Calpe, quien nunca en su vida había oído la palabra brunch. Me he bebido millones de frozen margaritas con mi amiga la brasi, que es un personaje sin par que quiere hacerse un tatuaje espantoso que sólo de pensarlo me hace exclamar para mis adentros "oh, my god!". Con ella he visto Mamma Mía en Broadway, divertida y hortera a partes iguales, como debe ser todo musical que se precie.
He descubierto que los cruceros desde aquí están tirados de precio y tengo planes con una de las coreanas de pasar unos días en las Bahamas antes de irnos. Quiero pasarme por el Metropolitan esta semana y acercarme a Coney Island el próximo domingo.
He vuelto a ver a Tom y me ha llevado a Brooklyn, donde se respira tranquilidad a un paso de la locura de Manhattan. He salido a mi primera escalera de incendios en una noche maravillosa. Y me he dejado besar y he besado como si los años no hubieran pasado, sentadita en sus escalones.
viernes, 26 de septiembre de 2008
viernes, 19 de septiembre de 2008
New Yorker Post. Crónica segunda
Una semana más informando desde los States. Empiezo a sentirme por fin instalada, se acabó el jetlag, se acabó el asombrarme a mí misma al pensar de repente "pero si estoy en Nueva York!".
El balance de la segunda semana también es muy positivo. Empiezo a soltarme con el inglés, sobre todo tras una cervecita o un cocktail. En mis clases me río bastante, la verdad, rodeada de todos esos asiáticos que cada día me sorprenden con algo nuevo. Que si es habitual operarse para tener doble párpado (como los occidentales) que si yo qué sé. Hay también una chica israelí y nos tenemos un poco atragantadas la una a la otra, me da la impresión. Esta mañana hemos estado jugando al monopoli y la muy puta tenía todas las calles que yo necesitaba y no había manera de que me las vendiera, con lo cual nos hemos pasado dos horas dando vueltas al tablero sin poder hacer nada ninguna de las dos. Los judíos siempre haciendo la puñeta en las finanzas, leches.
Estoy asombrada con el éxito que tiene mi pelo. Tíñanse de rojo y a triunfar en América, amigos. Sobre todo les gusta a los negros, que me piropean mucho y oigo a mi paso alabanzas hacia mi pelo. A las coreanas también les gusta, en parte también por los rizos, supongo. Las coreanas son superpresumidas. A la primera de cambio sacan un miniespejito del bolso o se echan colirio o cremitas o millones de cosas que sacan de sus bolsos de señorita Pepis en medio de la clase. Me caen bien, tienen mucho sentido del humor y siempre se están riendo.
Los neoyorkinos no beben agua. Me tiene asombrada, porque tienen un agua riquísima y en los restaurantes te la sirven de gratís con las comidas y te reponen las jarras. Pero están siempre agarrados a bebidas energéticas de todo tipo, cafés o cóckteles, claro. Desde bien temprano.
Tengo cierta obsesión con las escaleras de incendios. Me flipan. Y la construcción en general. Me encantan esos edificios en tonos rojizos, marrones y blancos que se ven por todas partes. Mi zona favorita por ahora es el Village, con sus edificios bajitos y sus portales con escaloncitos en la entrada. Si tuviera que escoger un sitio donde vivir, escogería el Village, lleno de bares con rollaco por doquier, y tiendas fabulosas.
El finde pasado fui al MOMA. Tenían una exposición sobre Dalí y pude volver a ver el preciosísimo corto que hizo para la Disney que años ha habíamos visto las Chatungas en París. Pero demasiada gente, no tienes espacio físico y casi ni siquiera mental para poder disfrutar nada con las maravillas que tienen ahí dentro. En cambio el domingo asistí a una misa gospel y disfruté como una enana: la gente canta, grita y llora en comunión, como en una especie de terapia de grupo de la que deben de salir relajadísimos. He visitado también la reserva de aves de Central Park, que no lo había visto y es una maravilla. Me he topado de golpe y porrazo con el set de rodaje de Gossip Girl, Serena y Blair incluidas. Me he recorrido el Soho, el Noho, Chinatown y ayer he hecho una pequeña incursión en los bares del Lower. He salido por primera vez de Manhattan para cenar comida griega en Astoria, Queens. Porque ya he comido de todo, claro, aunque curiosamente hoy me ha salido un pequeño sarpullido después de cenar ayer en un sitio de comida orgánico-ecológica y mierdas de ésas sanas. Curioso.
Este finde me gustaría acercarme hasta el puente de Brooklyn de noche para ver el skyline de NYC ("De noche nada!", apunta mi madre). Quiero tomarme mi primer brunch el domingo. Quiero... Demasiadas cosas por y para hacer.
Y la semana que viene vuelve Tom de Portugal, así que se avecinan tiempos de nervios, sarpullidos e histeria amorosa. Permanezcan atentos a las pantallas de sus ordenadores.
El balance de la segunda semana también es muy positivo. Empiezo a soltarme con el inglés, sobre todo tras una cervecita o un cocktail. En mis clases me río bastante, la verdad, rodeada de todos esos asiáticos que cada día me sorprenden con algo nuevo. Que si es habitual operarse para tener doble párpado (como los occidentales) que si yo qué sé. Hay también una chica israelí y nos tenemos un poco atragantadas la una a la otra, me da la impresión. Esta mañana hemos estado jugando al monopoli y la muy puta tenía todas las calles que yo necesitaba y no había manera de que me las vendiera, con lo cual nos hemos pasado dos horas dando vueltas al tablero sin poder hacer nada ninguna de las dos. Los judíos siempre haciendo la puñeta en las finanzas, leches.
Estoy asombrada con el éxito que tiene mi pelo. Tíñanse de rojo y a triunfar en América, amigos. Sobre todo les gusta a los negros, que me piropean mucho y oigo a mi paso alabanzas hacia mi pelo. A las coreanas también les gusta, en parte también por los rizos, supongo. Las coreanas son superpresumidas. A la primera de cambio sacan un miniespejito del bolso o se echan colirio o cremitas o millones de cosas que sacan de sus bolsos de señorita Pepis en medio de la clase. Me caen bien, tienen mucho sentido del humor y siempre se están riendo.
Los neoyorkinos no beben agua. Me tiene asombrada, porque tienen un agua riquísima y en los restaurantes te la sirven de gratís con las comidas y te reponen las jarras. Pero están siempre agarrados a bebidas energéticas de todo tipo, cafés o cóckteles, claro. Desde bien temprano.
Tengo cierta obsesión con las escaleras de incendios. Me flipan. Y la construcción en general. Me encantan esos edificios en tonos rojizos, marrones y blancos que se ven por todas partes. Mi zona favorita por ahora es el Village, con sus edificios bajitos y sus portales con escaloncitos en la entrada. Si tuviera que escoger un sitio donde vivir, escogería el Village, lleno de bares con rollaco por doquier, y tiendas fabulosas.
El finde pasado fui al MOMA. Tenían una exposición sobre Dalí y pude volver a ver el preciosísimo corto que hizo para la Disney que años ha habíamos visto las Chatungas en París. Pero demasiada gente, no tienes espacio físico y casi ni siquiera mental para poder disfrutar nada con las maravillas que tienen ahí dentro. En cambio el domingo asistí a una misa gospel y disfruté como una enana: la gente canta, grita y llora en comunión, como en una especie de terapia de grupo de la que deben de salir relajadísimos. He visitado también la reserva de aves de Central Park, que no lo había visto y es una maravilla. Me he topado de golpe y porrazo con el set de rodaje de Gossip Girl, Serena y Blair incluidas. Me he recorrido el Soho, el Noho, Chinatown y ayer he hecho una pequeña incursión en los bares del Lower. He salido por primera vez de Manhattan para cenar comida griega en Astoria, Queens. Porque ya he comido de todo, claro, aunque curiosamente hoy me ha salido un pequeño sarpullido después de cenar ayer en un sitio de comida orgánico-ecológica y mierdas de ésas sanas. Curioso.
Este finde me gustaría acercarme hasta el puente de Brooklyn de noche para ver el skyline de NYC ("De noche nada!", apunta mi madre). Quiero tomarme mi primer brunch el domingo. Quiero... Demasiadas cosas por y para hacer.
Y la semana que viene vuelve Tom de Portugal, así que se avecinan tiempos de nervios, sarpullidos e histeria amorosa. Permanezcan atentos a las pantallas de sus ordenadores.
jueves, 11 de septiembre de 2008
New Yorker Post. Crónica primera
Iba a esperar a cumplir una semana en la Gran Manzana para escribir las crónicas de mi sueño americano, pero me ha podido la impaciencia de tener muchas cosas que contar y poca gente con la que compartirlo. Porque eso es lo único que echo de menos por ahora, el vivir tantas cosas nuevas y no poder comentarlas ipso facto y claro, cuando arrivo a casa ya me he olvidado de la mitad de los pequeños detalles. Como aquel viejecito que comía M&M's en el metro y después de rechupetearlos con fruición escupía el cacahuete.
Mi ocupación principal en estos días es vagar por la ciudad cuando salgo de clase. Como no dependo de nadie me dedico a ir allá donde los pies me llevan, para acabar viendo el US Open en Union Square, a un saxofonista en City Hall Square o, como hace un rato, mirando hacia New Jersey desde un banquito en Battery Park, con el Hudson de por medio.
La gente en Nueva York es muy amable. Coincido plenamente con la guía Lonely Planet que en algún punto lo señala. He preguntado una dirección y me han acompañado amablemente porque les quedaba de camino. Me explican las cosas con calma cuando me ven despistada. Saludan con una sonrisa y te desean un buen día.
Nueva York se caracteriza por su diversidad, como se suele decir. A mí lo que más me ha llamado la atención es la diversidad en el vestir. Pero no me refiero ya a que uno vaya de traje chaqueta y otra con las bragas por fuera, que no. Si no que, a mediados de septiembre como estamos la gente viste de todas las estaciones del año. Te cruzas en unos metros con gente con katiuskas, sandalias, gabardinas, botas de pelo, camisetas de tirantes, medias tupidas y jerseys de cuello vuelto. Y realmente hace calorcillo, una temperatura ideal para unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Pero a este paso y visto lo visto, con las ganas que tengo de estrenar algunas cosas puede que me pase al otoño en menos que nada.
Hoy, 11S, en una de mis rutas he pasado por la Zona Cero de camino a Battery Park. La primera vez que lo vi, hace un año y pico, la realidad me cayó encima como una losa. Y hoy, por segunda vez, se me volvieron a poner los pelos de punta. Hay que ver qué bien planeado todo, tan sencillo que parecería imposible llevarlo a la práctica.
Pero volvamos a lo positivo. Nueva York huele, huele intensamente. Arrecende, que diríamos en Galicia. Toda la ciudad huele a comida deliciosa (salvo algunos puestecillos que creo que venden una especie de pinchos morunos y huelen a requemao que da gusto). Las flores de los puestecillos, la fruta de los carritos callejeros, la ciudad huele maravillosamente bien. En comparación, mi adorada Barcelona huele mil veces peor.
El metro es bastante sencillo, aunque no quiero tirarme de la moto, porque aún estoy pillándole el tranquillo. Qué genial invento eso del metro exprés y el metro local... Sólo podría darse en un metro con más de un siglo de existencia, que ya están de vuelta de todo, vamos.
Hoy he pasado por el festival de San Gennaro, en Little Italy. Una especie de fiestas de pueblo, pero a lo grande. Algodón de azúcar, manzanas caramelizadas, tómbolas. Pero al mismo tiempo sonando Eros Ramazzotti de fondo y vendiendo pizza y canoli por todas partes. Y el elemento yankee, un puestecito donde podías tirar a un payaso en una piscina si dabas con la pelota en el centro de la diana. Menos mal que consiguieron tirarlo al puto payaso, porque menuda risita insoportable, que a punto estuve de pillar yo unas bolas y darle su merecido.
Y mañana me voy de picnic a Central Park con mis classmates. Ya no me dejaré embaucar por las ardillas, que me han avisado de que son muy peligrosas, las jodías, con lo monas que son.
En fin, that's all, folks.
Mi ocupación principal en estos días es vagar por la ciudad cuando salgo de clase. Como no dependo de nadie me dedico a ir allá donde los pies me llevan, para acabar viendo el US Open en Union Square, a un saxofonista en City Hall Square o, como hace un rato, mirando hacia New Jersey desde un banquito en Battery Park, con el Hudson de por medio.
La gente en Nueva York es muy amable. Coincido plenamente con la guía Lonely Planet que en algún punto lo señala. He preguntado una dirección y me han acompañado amablemente porque les quedaba de camino. Me explican las cosas con calma cuando me ven despistada. Saludan con una sonrisa y te desean un buen día.
Nueva York se caracteriza por su diversidad, como se suele decir. A mí lo que más me ha llamado la atención es la diversidad en el vestir. Pero no me refiero ya a que uno vaya de traje chaqueta y otra con las bragas por fuera, que no. Si no que, a mediados de septiembre como estamos la gente viste de todas las estaciones del año. Te cruzas en unos metros con gente con katiuskas, sandalias, gabardinas, botas de pelo, camisetas de tirantes, medias tupidas y jerseys de cuello vuelto. Y realmente hace calorcillo, una temperatura ideal para unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Pero a este paso y visto lo visto, con las ganas que tengo de estrenar algunas cosas puede que me pase al otoño en menos que nada.
Hoy, 11S, en una de mis rutas he pasado por la Zona Cero de camino a Battery Park. La primera vez que lo vi, hace un año y pico, la realidad me cayó encima como una losa. Y hoy, por segunda vez, se me volvieron a poner los pelos de punta. Hay que ver qué bien planeado todo, tan sencillo que parecería imposible llevarlo a la práctica.
Pero volvamos a lo positivo. Nueva York huele, huele intensamente. Arrecende, que diríamos en Galicia. Toda la ciudad huele a comida deliciosa (salvo algunos puestecillos que creo que venden una especie de pinchos morunos y huelen a requemao que da gusto). Las flores de los puestecillos, la fruta de los carritos callejeros, la ciudad huele maravillosamente bien. En comparación, mi adorada Barcelona huele mil veces peor.
El metro es bastante sencillo, aunque no quiero tirarme de la moto, porque aún estoy pillándole el tranquillo. Qué genial invento eso del metro exprés y el metro local... Sólo podría darse en un metro con más de un siglo de existencia, que ya están de vuelta de todo, vamos.
Hoy he pasado por el festival de San Gennaro, en Little Italy. Una especie de fiestas de pueblo, pero a lo grande. Algodón de azúcar, manzanas caramelizadas, tómbolas. Pero al mismo tiempo sonando Eros Ramazzotti de fondo y vendiendo pizza y canoli por todas partes. Y el elemento yankee, un puestecito donde podías tirar a un payaso en una piscina si dabas con la pelota en el centro de la diana. Menos mal que consiguieron tirarlo al puto payaso, porque menuda risita insoportable, que a punto estuve de pillar yo unas bolas y darle su merecido.
Y mañana me voy de picnic a Central Park con mis classmates. Ya no me dejaré embaucar por las ardillas, que me han avisado de que son muy peligrosas, las jodías, con lo monas que son.
En fin, that's all, folks.
sábado, 30 de agosto de 2008
Parrillada de verano
En estos días que llevo de recreo y solaz en Altea luchando (y parece que venciendo) a mi persistente Hueso de Pollo, he vuelto a reencontrarme con la televisión. Que la tenía yo muy abandonada, hombre, que no me reconocía ni yo. Creo que lo único que he seguido este año en la caja tonta ha sido "Física o Química", para mi escarnio público, lo sé, y con verdadera devoción. Cuento las horas para que vuelvan esos diálogos tan didácticos a la par que desternillantes con ínfulas de moraleja. Y tengo que reconocer que seré la única persona que se los bajará de internet cuando me vaya a los States. Eso, que me he pasado los últimos meses, ya fuera por trabajo o por ocio, con la nariz pegada a la pantalla de mi portátil.
Pero a lo que iba, tres cositas me han llenado de alegría en mis vacaciones:
- "Mujeres, hombres o viceversa": No entiendo cómo he sobrevivido hasta ahora sin ver este programa. Pero gracias a Telecinco 2 puedo recuperar el tiempo perdido (así como ver la reposición de Gran Hermano 1 y descubrir que todos eran monstruosamente feos y lo que hemos cambiado desde el 2000. Para mejor, creo, aunque dentro de 10 años otro gallo cantará). Qué grande este programa, lleno de chonis recauchutadas y musculosos descerebrados. Qué grandes esas citas de 20 minutos en las que parece que el tiempo se detenga. Qué originalidad a la hora de escoger la temática de las citas. ¿Y por qué me parecen todos tan feos?
- "Ven a cenar conmigo": Este programa ha tocado techo (o fondo, según se mire) esta semana con un grupo de A Coruña. Sin palabras me ha dejado ese ser de nombre Edi, sacando una coleta cortada cual torero que otrora había formado parte de una frondosa melena de una cajita con forma de minicabina de teléfonos como colofón final a una cena grandiosa. Miento, como colofón final fue la verbena que se montó en el galpón de su casa, micro en mano y jaleando al personal. Yo lloraba de la risa, créanme.
- "Impares": otro descubrimiento que me da la impresión de que está un pelín infravalorado. No parece una serie propia de Antena 3, sino más bien parece un producto de esos nuevos canales moderniquis de los que nunca me acuerdo y es como si no existieran. Breve, divertida y bien hecha.
Y para disgusto de Ra, he de decir que por fin le he cogido el punto a Camera Café. ¿No les decía que he vuelto a la tele? Y por la puerta grande.
Pero a lo que iba, tres cositas me han llenado de alegría en mis vacaciones:
- "Mujeres, hombres o viceversa": No entiendo cómo he sobrevivido hasta ahora sin ver este programa. Pero gracias a Telecinco 2 puedo recuperar el tiempo perdido (así como ver la reposición de Gran Hermano 1 y descubrir que todos eran monstruosamente feos y lo que hemos cambiado desde el 2000. Para mejor, creo, aunque dentro de 10 años otro gallo cantará). Qué grande este programa, lleno de chonis recauchutadas y musculosos descerebrados. Qué grandes esas citas de 20 minutos en las que parece que el tiempo se detenga. Qué originalidad a la hora de escoger la temática de las citas. ¿Y por qué me parecen todos tan feos?
- "Ven a cenar conmigo": Este programa ha tocado techo (o fondo, según se mire) esta semana con un grupo de A Coruña. Sin palabras me ha dejado ese ser de nombre Edi, sacando una coleta cortada cual torero que otrora había formado parte de una frondosa melena de una cajita con forma de minicabina de teléfonos como colofón final a una cena grandiosa. Miento, como colofón final fue la verbena que se montó en el galpón de su casa, micro en mano y jaleando al personal. Yo lloraba de la risa, créanme.
- "Impares": otro descubrimiento que me da la impresión de que está un pelín infravalorado. No parece una serie propia de Antena 3, sino más bien parece un producto de esos nuevos canales moderniquis de los que nunca me acuerdo y es como si no existieran. Breve, divertida y bien hecha.
Y para disgusto de Ra, he de decir que por fin le he cogido el punto a Camera Café. ¿No les decía que he vuelto a la tele? Y por la puerta grande.
domingo, 20 de julio de 2008
I
Ésta es la breve historia de una chica, llamémosle I, por llamarla de alguna manera. I vivía tranquilamente dedicándose a sus cositas (que eran muchas y muy variadas) y enseñando a sus alumnas: a dos cardos borriqueros a ser más cariñosas, cómo desprender más sensualidad a otra, cómo vencer el mal de amores o hechizar al más reticente e incluso a las más torpes les enseñaba cómo abrir una naranja utilizando sólo las manos y sin tardar en ello una eternidad.
I era una chica especial, se decía que tenía poderes. Pero sólo sus más allegadas sabían que si se reía mucho, mucho, sus párpados se doblaban hacia arriba, en un prodigio de contorsionismo facial.
I sabía un montón de cosas. Y las que no sabía, se las inventaba, porque más de una se hubiera muerto en el acto si una pregunta formulada a I quedaba sin responder.
Pero lo que no sabía I es lo que le depararía el destino un día ventoso, en el que soplaba un viento de Levante por lo menos, ese viento que vuelve loca a la gente, que hasta se dice que ese día una amiga le mordió los dedos de una mano a otra haciéndola sangrar. Pues estando en perfecto estado nuestra I, seguramente empujada por ese viento traidor, se cayó en un seto. Y el seto, con ese complicado interior que tienen los setos lleno de ramas y engranajes para atrapar a los infelices, no la dejó salir. Los viandantes sólo podían ver unos pies asomando y unos gritos lejanos, y los días seguían pasando.
-¿Qué hace usted ahí, señorita? ¿No ve que está aplastando al seto, no ve que lo está haciendo sufrir?- dijo de repente una voz, dirigiéndose a los pies que sobresalían.
-Si pudiera salir, ¿no cree que ya lo habría hecho?- contestó I, en un derroche de simpatía y buenas maneras.
Con ayuda de este personaje I consiguió salir del seto que la atrapaba, no sin esfuerzo, ya que este nuevo personaje en la vida de I era un poco delgadurrio y ya se sabe que los setos son como cárceles vegetales.
-Me llamo M y soy ecologista por convicción y nudista por vocación.
I lo miró mientras se levantaba, de abajo a arriba, contrariamente a los que se suele hacer, con lo que lo primero que pudo ver fueron sus escayolas (para los profanos, zapatos con calcetines blancos). Pero al seguir subiendo se encontró con su sonrisa permanente.
-¿Sabes, M? Creo que éste es el principio de una gran amistad. Pero si algún día, por casualidad digo, llegáramos a casarnos... ¿Me prometes que no llevarás calcetines blancos?
I era una chica especial, se decía que tenía poderes. Pero sólo sus más allegadas sabían que si se reía mucho, mucho, sus párpados se doblaban hacia arriba, en un prodigio de contorsionismo facial.
I sabía un montón de cosas. Y las que no sabía, se las inventaba, porque más de una se hubiera muerto en el acto si una pregunta formulada a I quedaba sin responder.
Pero lo que no sabía I es lo que le depararía el destino un día ventoso, en el que soplaba un viento de Levante por lo menos, ese viento que vuelve loca a la gente, que hasta se dice que ese día una amiga le mordió los dedos de una mano a otra haciéndola sangrar. Pues estando en perfecto estado nuestra I, seguramente empujada por ese viento traidor, se cayó en un seto. Y el seto, con ese complicado interior que tienen los setos lleno de ramas y engranajes para atrapar a los infelices, no la dejó salir. Los viandantes sólo podían ver unos pies asomando y unos gritos lejanos, y los días seguían pasando.
-¿Qué hace usted ahí, señorita? ¿No ve que está aplastando al seto, no ve que lo está haciendo sufrir?- dijo de repente una voz, dirigiéndose a los pies que sobresalían.
-Si pudiera salir, ¿no cree que ya lo habría hecho?- contestó I, en un derroche de simpatía y buenas maneras.
Con ayuda de este personaje I consiguió salir del seto que la atrapaba, no sin esfuerzo, ya que este nuevo personaje en la vida de I era un poco delgadurrio y ya se sabe que los setos son como cárceles vegetales.
-Me llamo M y soy ecologista por convicción y nudista por vocación.
I lo miró mientras se levantaba, de abajo a arriba, contrariamente a los que se suele hacer, con lo que lo primero que pudo ver fueron sus escayolas (para los profanos, zapatos con calcetines blancos). Pero al seguir subiendo se encontró con su sonrisa permanente.
-¿Sabes, M? Creo que éste es el principio de una gran amistad. Pero si algún día, por casualidad digo, llegáramos a casarnos... ¿Me prometes que no llevarás calcetines blancos?
jueves, 17 de julio de 2008
Wonder woman
Como muchos sabrán y otros se estarán enterando al leer estas líneas, hace unos meses que sufro de un mal que al principio no me dejaba vivir y con el que ahora comparto mi vida. Muchos han dado por llamarlo ansiedad. Yo prefiero llamarle “hueso de pollo”, porque se me atraviesa en la garganta y por mucho que yo trague, pues ni p’arriba ni p’abajo, ahí se queda.
Desde que llegó a mi vida este entrañable cuerpo extraño, voy de médico en médico buscando una solución que nadie sabe darme. Me enfado, lloro, trato de calmarme, y finalmente me lo tomo con filosofía. Una montaña rusa de emociones, pura adrenalina mi vida, oiga.
El caso es, que desde que Hueso de pollo y yo compartimos cuerpo, la gente se solidariza mucho conmigo y me regala cosas. Así es como llegaron a mi vida, además de la cinta de típex correctora que me regaló Ra, las Flores de Bach.
Las Flores de Bach son un remedio homeopático que consiste en, según la dolencia que uno tenga, hacer una mezcla de flores determinada que son mano de santo. Ésas son las Flores de Bach de toda la vida. Pero luego están las Flores de Bach de emergencia, que se llaman “Rescue” y están indicadas para casos de pánico, depresión, y un montón de situaciones extremas que yo no sufro, porque la verdad es que Hueso de Pollo y yo dormimos muy bien. En fin, que mi amigo Juanito, con la mejor intención del mundo, me las regaló para intentar acabar con mi intruso.
Las Flores de Bach son un somnífero. Créanme. Es ponerse 4 gotas en la lengua y caer en un profundo sopor del que es difícil salir incluso al día siguiente. Y tienen un sabor a aguardiente que las hace aún más adictivas.
Todo el mundo recurre a las flores de Bach en algún momento en Can Chatunga. Y yo, cual Anthony Blake homeopático, voy durmiendo a la gente a golpe de pipeta mientras chasqueo los dedos: “1, 2, 3, dormido”.
Por otro lado, con todo este jaleo, he cambiado de médico de cabecera para toparme con un personaje de película con toda la pinta de haberse escapado de un psiquiátrico para ponerse una bata de médico y hacer feliz a la gente con gracietas del tipo “me duele el oído y estoy un poco sorda”, “pues entonces le puedo llamar gorda sin que se entere”. A mi Hueso le cae genial, es verlo, y le anima el día. Este médico siempre le lleva la contraria a todo el mundo, y como es tan simpático, pues le hago caso a él. Me ha aconsejado antihistamínicos y un spray de própolis que usa él también. Por miedo a convertirme en la Bella Durmiente, he optado por dejar las Flores de Bach y probar los antihistamínicos. Pero lo mismo. Por las mañanas me despierto con un sopor insoportable, que hasta diría que veo borroso, como en las escenas de sueños de las películas.
Total, que esta mañana he llegado tarde a trabajar otra vez, despeluchada y muerta de hambre, para pasar aquí unas horas de cuerpo presente, porque mi mente aún está en un lecho de pétalos de Bach del que es muy difícil salir, tengan cuidado.
Desde que llegó a mi vida este entrañable cuerpo extraño, voy de médico en médico buscando una solución que nadie sabe darme. Me enfado, lloro, trato de calmarme, y finalmente me lo tomo con filosofía. Una montaña rusa de emociones, pura adrenalina mi vida, oiga.
El caso es, que desde que Hueso de pollo y yo compartimos cuerpo, la gente se solidariza mucho conmigo y me regala cosas. Así es como llegaron a mi vida, además de la cinta de típex correctora que me regaló Ra, las Flores de Bach.
Las Flores de Bach son un remedio homeopático que consiste en, según la dolencia que uno tenga, hacer una mezcla de flores determinada que son mano de santo. Ésas son las Flores de Bach de toda la vida. Pero luego están las Flores de Bach de emergencia, que se llaman “Rescue” y están indicadas para casos de pánico, depresión, y un montón de situaciones extremas que yo no sufro, porque la verdad es que Hueso de Pollo y yo dormimos muy bien. En fin, que mi amigo Juanito, con la mejor intención del mundo, me las regaló para intentar acabar con mi intruso.
Las Flores de Bach son un somnífero. Créanme. Es ponerse 4 gotas en la lengua y caer en un profundo sopor del que es difícil salir incluso al día siguiente. Y tienen un sabor a aguardiente que las hace aún más adictivas.
Todo el mundo recurre a las flores de Bach en algún momento en Can Chatunga. Y yo, cual Anthony Blake homeopático, voy durmiendo a la gente a golpe de pipeta mientras chasqueo los dedos: “1, 2, 3, dormido”.
Por otro lado, con todo este jaleo, he cambiado de médico de cabecera para toparme con un personaje de película con toda la pinta de haberse escapado de un psiquiátrico para ponerse una bata de médico y hacer feliz a la gente con gracietas del tipo “me duele el oído y estoy un poco sorda”, “pues entonces le puedo llamar gorda sin que se entere”. A mi Hueso le cae genial, es verlo, y le anima el día. Este médico siempre le lleva la contraria a todo el mundo, y como es tan simpático, pues le hago caso a él. Me ha aconsejado antihistamínicos y un spray de própolis que usa él también. Por miedo a convertirme en la Bella Durmiente, he optado por dejar las Flores de Bach y probar los antihistamínicos. Pero lo mismo. Por las mañanas me despierto con un sopor insoportable, que hasta diría que veo borroso, como en las escenas de sueños de las películas.
Total, que esta mañana he llegado tarde a trabajar otra vez, despeluchada y muerta de hambre, para pasar aquí unas horas de cuerpo presente, porque mi mente aún está en un lecho de pétalos de Bach del que es muy difícil salir, tengan cuidado.
miércoles, 2 de julio de 2008
1080, ni pa ti ni pa mí
Me acaban de dar la terrible noticia de la muerte de Simone Ortega, inspiración culinaria para muchos y muchas y autora de uno de los libros mas vendidos en este país, tras El Quijote y la Biblia. Tenía en mente una entrada sobre los Kikos, secta católica que me tiene sorbido el seso desde que han llegado a mi vida (no literalmente, menos mal), pero tendrá que esperar. Simone lo merece.
Creo que fui yo la que introduje en mi piso de Santiago a Simone, tras robarle el libro a mi hermano. Y rebautizada rápidamente como Saimon (like “Simon says”), entró en nuestras vidas con sus 1080 recetas de cocina. Número curioso, 1080. ¿Por qué no 1000 o 1100? Ya nunca lo sabremos. Me lo imagino como una apuesta con su hija Inés, quien hábilmente la sustituyó en las últimas páginas del ¡Hola!, con una receta nueva cada semana, a ver cuál de las dos sabía más recetas.
Saimon era especial. Era la musa de la cocina, la inspiración gastronómica. Y para más inri, nuera de Ortega y Gasset. Y esposa del fundador de “El País”. Y, detalle que acabo de descubrir para mi jolgorio, mujer emprendedora que montó con unas amigas ¡la primera tienda de bricolaje de Madrid!
A Saimon no se la podía seguir al pie de la letra nunca. Ella se empeñaba en concretar las cantidades, ya fuera tantos gramos de sal o de azúcar, y siempre tiraba a la sosería (quizá como muestra de clase). Cuando uno ya era un alumno avezado de Saimon, pues las cantidades se echaban a ojo de buen cubero y sin problema.
Las 1080 recetas de Saimon están cargadas de pequeños detalles que se le escapan a los no iniciados. Hay una receta, que creo que tengo señalada en mi libro, que en la lista de ingredientes necesarios indica que requiere “unas gotas de líquido amarillo”. Anonadada me quedé en su día.
Pero sin duda, mi toque favorito marca de la casa, es que cada vez que una receta necesita clavo, Saimon rápidamente puntualiza entre paréntesis “especia”. Saimon siempre prudente, no fuera a ser que alguno de sus seguidores menos mañosos le echaran un puñado de tornillos a la cazuela y echaran a perder el plato. Quizá le venga este miedo de sus tiempos en la tienda de bricolaje.
Allá donde estés, Saimon, te imagino haciendo una quesada y epatando a los angelitos ésos que no saben sacarle más partido a un bote de Philadelphia que hacerse unas simples tostadas.
Creo que fui yo la que introduje en mi piso de Santiago a Simone, tras robarle el libro a mi hermano. Y rebautizada rápidamente como Saimon (like “Simon says”), entró en nuestras vidas con sus 1080 recetas de cocina. Número curioso, 1080. ¿Por qué no 1000 o 1100? Ya nunca lo sabremos. Me lo imagino como una apuesta con su hija Inés, quien hábilmente la sustituyó en las últimas páginas del ¡Hola!, con una receta nueva cada semana, a ver cuál de las dos sabía más recetas.
Saimon era especial. Era la musa de la cocina, la inspiración gastronómica. Y para más inri, nuera de Ortega y Gasset. Y esposa del fundador de “El País”. Y, detalle que acabo de descubrir para mi jolgorio, mujer emprendedora que montó con unas amigas ¡la primera tienda de bricolaje de Madrid!
A Saimon no se la podía seguir al pie de la letra nunca. Ella se empeñaba en concretar las cantidades, ya fuera tantos gramos de sal o de azúcar, y siempre tiraba a la sosería (quizá como muestra de clase). Cuando uno ya era un alumno avezado de Saimon, pues las cantidades se echaban a ojo de buen cubero y sin problema.
Las 1080 recetas de Saimon están cargadas de pequeños detalles que se le escapan a los no iniciados. Hay una receta, que creo que tengo señalada en mi libro, que en la lista de ingredientes necesarios indica que requiere “unas gotas de líquido amarillo”. Anonadada me quedé en su día.
Pero sin duda, mi toque favorito marca de la casa, es que cada vez que una receta necesita clavo, Saimon rápidamente puntualiza entre paréntesis “especia”. Saimon siempre prudente, no fuera a ser que alguno de sus seguidores menos mañosos le echaran un puñado de tornillos a la cazuela y echaran a perder el plato. Quizá le venga este miedo de sus tiempos en la tienda de bricolaje.
Allá donde estés, Saimon, te imagino haciendo una quesada y epatando a los angelitos ésos que no saben sacarle más partido a un bote de Philadelphia que hacerse unas simples tostadas.
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