domingo, 19 de octubre de 2008

New Yorker Post. Crónica sexta

Tras una temporada intensiva visitando todo lo visitable en la ciudad, esta semana me he dedicado básicamente a conocer la noche neoyorquina. Y la noche neoyorquina es muy divertida, sobre todo cuando te alejas de los macroclubes y descubres los antros oscuros con gente rara, que es lo que a mí me gusta. Y he descubierto que las cervezas aquí tienen más gradación, vaya usted a saber por qué, con lo cual me he pasado la semana bordeando la resaca, sucumbiendo a la resaca y superando la resaca. Pero qué divertido todo, oye.
El lunes lié a mi amiga Alicia para tomarnos una en el bar de mi escuela, donde dentro de nada nos saludan al entrar como en Cheers. Acabamos bastantes horas después de palique con un libanés y un coreano-brasileño que hablaba perfectamente español entre otros miles de idiomas y que llevaba dos horas escuchando como dos bobas se peleaban por las atenciones del guapísimo camarero. Una no está segura en ningún lado por aquí hablando español, hasta las paredes hablan español. Por momentos nos hicimos uña y carne de este par de dos, hicimos planes para el fin de semana y todo y ellos se las prometían muy felices, hasta que llegó el momento de la triste despedida y los dejamos allí con un bye y si te he visto I don't remember. Mi inglés cada vez es más jalajala, pero yo hablo por los codos, me la suda. Entiendo a la gente y ellos hacen que me entienden.
Estuve en el Madison Square Garden intentando comprar unas entradas para los Knicks con intento frustrado de colarnos y todo. La vuelta a la adolescencia, siempre acechando. Estuvimos regateando y llegamos a enfadar a los millones de reventas que había en la entrada, que muy amablemente nos sugirieron ir a ver el partido a un bar mientras comíamos un pedazo de cheesecake.
El miércoles me compré unos patines muy bonitiños y muy baratos. Ayer los estrenamos bajando toda la ribera del Hudson hasta Battery Park, con un sol de otoño precioso, imagen mental para recordar siempre. Nuestro objetivo es acabar bailando en patines con un grupo de domingueros en Central Park que son la bomba, pero todavía tenemos algún problemilla con los frenos.
Mi primera triste despedida, la de mis dos españoles casados, omitiendo este dato hasta última hora, con petición de matrimonio en Las Vegas incluída, menos mal que no acepté y me encontré compuesta y sin Elvis en el altar. Qué par de golfos más divertidos, los voy a echar mucho de menos. Con ellos salí el jueves por el Lower East Side después de cenar las mejores costillas de la ciudad, hallazgo gastronómico de la semana. Acabamos la noche en Arlene's Grocery, mítico antro de conciertos, donde un mago israelí hacía aparecer cartas del sitio más insospechado de mi persona. Ver para creer. No sé qué le ha dado a la magia conmigo últimamente. El resultado de esta noche fue una tremebunda e inesperada resaca y el comprobar que vivir en una residencia donde tienes que esperar que acaben de limpiar los baños cuando tienes una urgencia no es demasiado compatible.
Cuando dos días después conseguí recuperarme, salí por el East Village de investigación. Lo pasé en grande. El dj de un garito me pretende y es algo muy ventajoso económicamente teniendo en cuenta lo caras que son las noches en esta ciudad. Mañana me ha invitado a cenar a través de un sms lleno de slang y he recibido un emoticón triste ante mi respuesta negativa, pero creo que iremos al sitio en el que pincha. Este chico me ha dicho que le gusta mi acento y que no lo pierda, qué mono. Como si pudiera perderlo.
Mi pandilla sufre crisis internas, porque unos no aguantan a otros. Princess Peach se mete conmigo y me llama "la amiga de los coreanos" y me dice que soy la más popular de la escuela (porque está a rebosar de coreanos). Es cierto que hay coreanos que me saludan por mi nombre a los que juraría no haber visto en la vida. Alicia se ríe de mí porque soy como un imán para los locos: ayer mismo un hombre nos cantaba a las 5 de la mañana en medio de la calle "Lady in red" y yo le apaludía mucho su arte. A mí todos estos miembros más o menos constantes de mi pandilla me dan un juego tremendo y me lo paso pipa, menos cuando empiezan a cargarme un poco, que puedo ser un poco cortante. Hay un holandés que se empeñaba en cogerme de la mano y yo venga a soltarme y a explicar que no me gusta que me toquen de buenas a primeras. Ya tengo acuñados varios conceptos: "la teoría del don't touch me", "hacerse un brásil", "ser un Taylor" y unos cuantos más. La brasi me ha dado un poco la ídem y no acaba de encajar en el grupo, porque menuda es la marimandona de mi brasi, que merece una entrada para ella sola, tiempo al tiempo. Mi pobre Javi de Calpe ha pasado una semana de bajuni y tristura mientras yo alternaba por la ciudad, pero creo que con el brunch de hoy se le ha pasado un poco.
Y esta semana tengo visita, que tiemble Manhattan con Sabela y Noafontán en la Gran Manzana. Y por fin han encendido la calefacción, qué más puedo pedir.

sábado, 11 de octubre de 2008

New Yorker Post. Crónica quinta

Gran semana ésta, puede que la mejor desde que estoy haciéndome las Américas. Un montón de planes, un montón de gente nueva divertida y mucho amor.
El finde pasado fui a un club. En la puerta me han cacheado de una manera tal que yo no daba crédito, hasta metiendo el dedo debajo de mi sujetador. Menos mal que ese día había dejado el puñal en casa. Sólo le faltó meterme la mano por debajo del vestido y creo que no me hubiera extrañado lo más mínimo, peor que en el aeropuerto, macho. El sitio no estaba mal y si no fuera porque mi amiga coreana está como un cencerro y me tiene loca me lo hubiera pasado muy bien bailando R&B entre negracas de dos metros. Es un lío ser el núcleo de unión de una incipiente pandi internacional, believe me. Este sábado en cambio ya fue otra cosa. Me pasé el principio de la noche tratando de coordinar horarios con todo el mundo y por momentos deseando tirar el móvil por la ventana de la casa con vistas al Empire State Building de Alicia, mi recién descubierta alma gemela, pero al final mandé a todo el mundo a tomar por saco y me dediqué a pasármelo en grande. Me pasé la noche a carcajada limpia. Fuimos a otro club, Marquee, donde un negro de 2x2 intentó seducirme. Yo estaba muy nerviosa, porque el hombre en cuestión era tan grande que me tapaba toda visibilidad y no podía saber dónde estaban mis amigos. Se lo comenté amablemente y me dijo que era jugador de fútbol americano, mostrándome orgulloso un gigantesco anillo como prueba, en un gesto tan papal que me dieron ganas de besárselo. Este club estaba lleno a rebosar de españoles, madrileños para ser más exactos. Cuando el club cerró se vivió un momento de lo más grotesco. José Truman, el relaciones públicas que nos coló y que gracias a su nombre se ha ganado mi corazón para siempre, micrófono en mano empezó a entonar pasodobles por todos conocidos. Yo pensaba "oh my god", mientras todo el mundo seguía a gritos a José Truman. "No me seas kaleborroka, anda", me han comentado debido a mi estupor y vergüenza ajena. La brasi se ligó a un español de ésos después de ofenderse mucho con un yankee que le intentó tocar una teta. Esta mujer es la monda, hace unos días fuimos juntas a ver el Top of the rock (impresionante en si mismo e impresionantemente caro) y hablando de Obama (yo en mi línea) me decía que no creía que pudiera ganar, por un detalle. Bajaba mucho la voz, pero no se acababa de decidir a contarme cuál era ese detalle. Yo, aunque en mi fuero interno sabía de sobra por dónde iban los tiros, me esperaba una confesión sorprendente, algún detalle sórdido del pasado de Obama. Ella daba rodeos y más rodeos y al final, con un hilillo de voz apenas audible me dice "es que es negro". Casi me atraganto de la risa.
El lunes, sin planes concretos en perspectiva, me fui con mi profe al encuentro semanal que hacen en mi escuela, que se traduce en beber cerveza desde las 5 de la tarde y comer pollo frito y pizza gratis. Javi de Calpe estaba en uno de sus arrechuchos de niño mierdi que le dan habitualmente, mi compi tenía clase de hip-hop (sí, hip-hop), la brasi estaba cansada y la coreana estaba en su mundo, así que me fui yo solita con mi profe, que es un amor. Después de horas bebiendo cerveza, acabé ligoteando con todo lo que se movía, ganándome la fidelidad eterna de mis dos esclavitos coreanos, haciéndome dos amigos del alma españoles que se van la próxima semana con todo el dolor de mi corazón, rechanzando propuestas de matrimonio en las Vegas y recibiendo un sms de Tom que quería volver a mi verita. El miércoles volví a Brooklyn, comí tacos, bebí Oporto y fui muy feliz. Menos mal que he conseguido bajarme de la montaña rusa emocional que vivía y dominar la situación.
El domingo estuve en un festival callejero en una avenida superlarga de Brooklyn. Miles de puestecitos de comida, coros de iglesias cantando gospel, conciertos de rock espontáneos y muchas muestras de apoyo a Obama (que no Osama). Muy díver. Brooklyn se está convirtiendo en una de mis zonas favoritas. Gastronómicamente, lo mejor de esta semana ha sido un pequeño restaurante thai en el Soho, Lovely Day. Viví un dejavú tan fuerte nada más sentarme que juraría que ya había estado allí en mi primer viaje aquí. Parece que al final tendré visita en noviembre, así que estoy contentísima y empiezo a hacer listas mentales de todos los sitios a los que quiero llevarlos.
La excursión de esta semana con mis compis me llevó de nuevo a Queens, esta vez al museo de la imagen en movimiento. Muy entretenido, muy interactivo: la historia del cine, la historia de los videojuegos, chorraditas a punta pala. Estamos tratando de convencer a mi profe de que la próxima school trip sea a hacernos la manicura y la pedicura en el mismo sitio que se la hace ella.
Ayer un negro guapo como un sol, estilosamente desastrado y sexualmente de lo más interesante, nada más entrar yo en una tienda para comprar una botella de vino, me abordó diciendo"nice shoes". Sólo en NYC un chico guapo alaba tus zapatos.
Later.

sábado, 4 de octubre de 2008

New Yorker Post. Crónica cuarta

Estimados seguidores de mi periplo americano, aquí estoy una semana más narrando mis avatares. He de decir que esta semana ha sido un poco más floja tras el difícil descubrimiento de que soy una más entre los mortales y el amor ha llamado a mi puerta para convertir mi vida paradógicamente en un sinvivir. Yo no sé estar enamorada y la incertidumbre me consume. Sufro mal de amores neoyorquino y por momentos me encuentro a mí misma pensando cosas que ni la mismísima Carrie Bradshaw en su columna de pacotilla. Esperemos que se me pase pronto este tormento, crucen los dedos.
A lo nuestro: acabo de volver de ver una exposición en el Bronx, ese distrito denostado donde cualquiera pensaría que es más fácil comprar una pistola o un kilo de crack (perdonen mi ignorancia, pero no sé a cómo va el crack) que asistir a una exposición. Pues se equivocan. Si bien es cierto que sigue habiendo una parte del Bronx a la que no llevarías a tus hijos a jugar al parque, el Bronx (y casi toda Nueva York) ya no es lo que era de 10 años a esta parte, por mucho que el cine siga sacando partido a esa imagen. El Bronx tiene un museo de arte, pequeño pero muy apañado, con muchas actividades para toda la familia, que mis más allegados saben que por misterios de la naturaleza el hecho de que existan actividades para niños es siempre un plus en mi estimación personal. Y no porque los niños sean objeto de mi agrado, dios me libre, repito que es un misterio. Eso, que he disfrutado mucho con una expo llamada "Street art, street life", con muchas fotos ochenteras, graffitis de Basquiat e instalaciones diversas. Muy recomendable. El museo está un poco a tomar por culo, he de decir, pero el hecho de que una señora de lo más emperifollada y con extravolumen en su cabello te indique el camino diciendo "después de aquel bilding blanco" es un extra a considerar.
Esta semana he probado la cheesecake de Junior's, uno de los lugares más famosos de la ciudad para comerla. Y aunque no hemos ido hasta el primigenio local de Brooklyn, la experiencia no ha decepcionado a ninguno de los pequeños gourmets que me acompañaban. Dulce, densa, delicious.
Tengo una nueva compañera de habitación que me hace vivir en un bucle continuo. Es de Alemania, como mi anterior compi, tiene su misma edad, se va a quedar el mismo tiempo y se llama también como la otra. Curiosas chorradas. Si la próxima repite, empezaré a sentirme como en el día de la marmota.
Hemos despedido a mi colegui coreano Kung Fu Panda, q se va de vacaciones a su Corea natal, con una comilona en Korea Way. Una sorpresa la comida coreana, para chuparse los dedos. Mis compis alababan mucho mi hábil manejo de los palillos, producto de mi visita semanal al Sushi Ya de Barcelona. Por cierto que aquí ya he encontrado un japo genial delante de mi resi en el que me estoy ganando a pulso el título de cliente preferente, menudos noodles, oiga.
He vuelto por el Metropolitan casi dos años después, esta vez con toda la calma del mundo, saltándome a la torera las salas que me importaban directamente un pimiento y regodeándome en aquello que me interesa. He saldado la deuda pendiente con Modigliani que contraje en mi último viaje a Madrid y tengo en mente una visita próxima a la galería Neue, repleta de Klimt y Paul Klee.
He cogido de nuevo el gélido ferry que va a Staten Island para ver la estatua de la libertad de lejos. La estatua tiene la curiosa propiedad de empequeñecerse en las fotos, tanto que parece una hormiguita aunque tú la veas en tus narices a un tamaño más que respetable.
Ahora que va a hacer un mes que me encuentro en el Nuevo Mundo, la lista de must se va reduciendo y me dedico a vivir tranquilamente. Voy a mis clases, como lo que me apetece y a la hora que me apetece -según mi estómago exija hago horarios españoles o americanos-, paseo mucho y trato de mejorar mi inglés, que es el motivo de mi viaje y el motivo de mi frustración. Tengo que meterme en la cabeza que por mucho que quiera aún no estoy preparada para conversaciones de alto nivel, pero todo se andará.
El ambiente aquí está superrevolucionado con la caída de Wall Street, como para no estarlo. Bail out es la palabra que más oigo/leo y que nunca olvidaré mientras viva. Miedo me da que de un momento a otro empiecen los suicidios en masa de caballeros encorbatados. Hablando de Wall Street, que siempre me olvido, gracias a mi pelo rojo y mi curiosidad gatuna, he servido de voluntaria forzosa de un mago que actuaba espontáneamente en dicha calle, el cual traspasó mi mano y metió una moneda dentro de una botella de cristal cerrada que yo sostenía. Yo tampoco me lo creería, pero es que lo he sufrido (tanto que durante un buen rato tuve la marca de la moneda en mi mano), allá ustedes.
En fin, que les dejo porque me voy a un club, idea que me aterra, pero allá donde fueres, pues ya sabes.

viernes, 26 de septiembre de 2008

New Yorker Post. Crónica tercera

Aquí sigo, amigos míos, viviendo una espiral de emociones continua. Todo sigue maravillosamente bien. El tiempo vuela y la semana que viene ya empieza octubre, cosa que me asusta un poco. Ya me han aconsejado un buen lugar para comprarme un disfraz de halloween y esta noche empieza la recta final de las elecciones con el primer cara a cara LovelyObama-McCain. Pero vamos a lo nuestro.
El otoño ha llegado a la ciudad, que ya era hora. Hoy ha amanecido lloviendo y se ha desplegado un inmenso abanico de katiuskas de todos los tipos y colores. Pero lo de llevar paraguas no lo llevan muy bien y no conocen las reglas implícitas que su uso conlleva que todo gallego de pro acostumbrado a la lluvia desde la cuna conoce y respeta.
Esta semana he vuelto a Queens. Esta vez a comer creps de plátano, queso y dulce de leche, maravillosos. He estado en Astoria Park bajo la lluvia. Sigo sin conocer la famosa bola del mundo gigante que tienen en Queens. Mis compañeros de clase son la bomba. Hoy ha sido el último día de la judía y a pesar de nuestras diferencias (sobre todo en lo tocante al Monopoly, ya que ayer llegó a mandarme callar) nos hemos despedido con pena.
Me estoy aficionando a las sopas. Me chiflan las sopas, de pavo, de brécol, de patata. He probado la barbacoa coreana, que es una delicia grasienta que grita colesterol a cada bocado. He disfrutado de mi primer brunch en el East Village mientras parloteaba sin parar con mi parteneire, Javi de Calpe, quien nunca en su vida había oído la palabra brunch. Me he bebido millones de frozen margaritas con mi amiga la brasi, que es un personaje sin par que quiere hacerse un tatuaje espantoso que sólo de pensarlo me hace exclamar para mis adentros "oh, my god!". Con ella he visto Mamma Mía en Broadway, divertida y hortera a partes iguales, como debe ser todo musical que se precie.
He descubierto que los cruceros desde aquí están tirados de precio y tengo planes con una de las coreanas de pasar unos días en las Bahamas antes de irnos. Quiero pasarme por el Metropolitan esta semana y acercarme a Coney Island el próximo domingo.
He vuelto a ver a Tom y me ha llevado a Brooklyn, donde se respira tranquilidad a un paso de la locura de Manhattan. He salido a mi primera escalera de incendios en una noche maravillosa. Y me he dejado besar y he besado como si los años no hubieran pasado, sentadita en sus escalones.

viernes, 19 de septiembre de 2008

New Yorker Post. Crónica segunda

Una semana más informando desde los States. Empiezo a sentirme por fin instalada, se acabó el jetlag, se acabó el asombrarme a mí misma al pensar de repente "pero si estoy en Nueva York!".
El balance de la segunda semana también es muy positivo. Empiezo a soltarme con el inglés, sobre todo tras una cervecita o un cocktail. En mis clases me río bastante, la verdad, rodeada de todos esos asiáticos que cada día me sorprenden con algo nuevo. Que si es habitual operarse para tener doble párpado (como los occidentales) que si yo qué sé. Hay también una chica israelí y nos tenemos un poco atragantadas la una a la otra, me da la impresión. Esta mañana hemos estado jugando al monopoli y la muy puta tenía todas las calles que yo necesitaba y no había manera de que me las vendiera, con lo cual nos hemos pasado dos horas dando vueltas al tablero sin poder hacer nada ninguna de las dos. Los judíos siempre haciendo la puñeta en las finanzas, leches.
Estoy asombrada con el éxito que tiene mi pelo. Tíñanse de rojo y a triunfar en América, amigos. Sobre todo les gusta a los negros, que me piropean mucho y oigo a mi paso alabanzas hacia mi pelo. A las coreanas también les gusta, en parte también por los rizos, supongo. Las coreanas son superpresumidas. A la primera de cambio sacan un miniespejito del bolso o se echan colirio o cremitas o millones de cosas que sacan de sus bolsos de señorita Pepis en medio de la clase. Me caen bien, tienen mucho sentido del humor y siempre se están riendo.
Los neoyorkinos no beben agua. Me tiene asombrada, porque tienen un agua riquísima y en los restaurantes te la sirven de gratís con las comidas y te reponen las jarras. Pero están siempre agarrados a bebidas energéticas de todo tipo, cafés o cóckteles, claro. Desde bien temprano.
Tengo cierta obsesión con las escaleras de incendios. Me flipan. Y la construcción en general. Me encantan esos edificios en tonos rojizos, marrones y blancos que se ven por todas partes. Mi zona favorita por ahora es el Village, con sus edificios bajitos y sus portales con escaloncitos en la entrada. Si tuviera que escoger un sitio donde vivir, escogería el Village, lleno de bares con rollaco por doquier, y tiendas fabulosas.
El finde pasado fui al MOMA. Tenían una exposición sobre Dalí y pude volver a ver el preciosísimo corto que hizo para la Disney que años ha habíamos visto las Chatungas en París. Pero demasiada gente, no tienes espacio físico y casi ni siquiera mental para poder disfrutar nada con las maravillas que tienen ahí dentro. En cambio el domingo asistí a una misa gospel y disfruté como una enana: la gente canta, grita y llora en comunión, como en una especie de terapia de grupo de la que deben de salir relajadísimos. He visitado también la reserva de aves de Central Park, que no lo había visto y es una maravilla. Me he topado de golpe y porrazo con el set de rodaje de Gossip Girl, Serena y Blair incluidas. Me he recorrido el Soho, el Noho, Chinatown y ayer he hecho una pequeña incursión en los bares del Lower. He salido por primera vez de Manhattan para cenar comida griega en Astoria, Queens. Porque ya he comido de todo, claro, aunque curiosamente hoy me ha salido un pequeño sarpullido después de cenar ayer en un sitio de comida orgánico-ecológica y mierdas de ésas sanas. Curioso.
Este finde me gustaría acercarme hasta el puente de Brooklyn de noche para ver el skyline de NYC ("De noche nada!", apunta mi madre). Quiero tomarme mi primer brunch el domingo. Quiero... Demasiadas cosas por y para hacer.
Y la semana que viene vuelve Tom de Portugal, así que se avecinan tiempos de nervios, sarpullidos e histeria amorosa. Permanezcan atentos a las pantallas de sus ordenadores.

jueves, 11 de septiembre de 2008

New Yorker Post. Crónica primera

Iba a esperar a cumplir una semana en la Gran Manzana para escribir las crónicas de mi sueño americano, pero me ha podido la impaciencia de tener muchas cosas que contar y poca gente con la que compartirlo. Porque eso es lo único que echo de menos por ahora, el vivir tantas cosas nuevas y no poder comentarlas ipso facto y claro, cuando arrivo a casa ya me he olvidado de la mitad de los pequeños detalles. Como aquel viejecito que comía M&M's en el metro y después de rechupetearlos con fruición escupía el cacahuete.
Mi ocupación principal en estos días es vagar por la ciudad cuando salgo de clase. Como no dependo de nadie me dedico a ir allá donde los pies me llevan, para acabar viendo el US Open en Union Square, a un saxofonista en City Hall Square o, como hace un rato, mirando hacia New Jersey desde un banquito en Battery Park, con el Hudson de por medio.
La gente en Nueva York es muy amable. Coincido plenamente con la guía Lonely Planet que en algún punto lo señala. He preguntado una dirección y me han acompañado amablemente porque les quedaba de camino. Me explican las cosas con calma cuando me ven despistada. Saludan con una sonrisa y te desean un buen día.
Nueva York se caracteriza por su diversidad, como se suele decir. A mí lo que más me ha llamado la atención es la diversidad en el vestir. Pero no me refiero ya a que uno vaya de traje chaqueta y otra con las bragas por fuera, que no. Si no que, a mediados de septiembre como estamos la gente viste de todas las estaciones del año. Te cruzas en unos metros con gente con katiuskas, sandalias, gabardinas, botas de pelo, camisetas de tirantes, medias tupidas y jerseys de cuello vuelto. Y realmente hace calorcillo, una temperatura ideal para unos vaqueros y una camiseta de manga corta. Pero a este paso y visto lo visto, con las ganas que tengo de estrenar algunas cosas puede que me pase al otoño en menos que nada.
Hoy, 11S, en una de mis rutas he pasado por la Zona Cero de camino a Battery Park. La primera vez que lo vi, hace un año y pico, la realidad me cayó encima como una losa. Y hoy, por segunda vez, se me volvieron a poner los pelos de punta. Hay que ver qué bien planeado todo, tan sencillo que parecería imposible llevarlo a la práctica.
Pero volvamos a lo positivo. Nueva York huele, huele intensamente. Arrecende, que diríamos en Galicia. Toda la ciudad huele a comida deliciosa (salvo algunos puestecillos que creo que venden una especie de pinchos morunos y huelen a requemao que da gusto). Las flores de los puestecillos, la fruta de los carritos callejeros, la ciudad huele maravillosamente bien. En comparación, mi adorada Barcelona huele mil veces peor.
El metro es bastante sencillo, aunque no quiero tirarme de la moto, porque aún estoy pillándole el tranquillo. Qué genial invento eso del metro exprés y el metro local... Sólo podría darse en un metro con más de un siglo de existencia, que ya están de vuelta de todo, vamos.
Hoy he pasado por el festival de San Gennaro, en Little Italy. Una especie de fiestas de pueblo, pero a lo grande. Algodón de azúcar, manzanas caramelizadas, tómbolas. Pero al mismo tiempo sonando Eros Ramazzotti de fondo y vendiendo pizza y canoli por todas partes. Y el elemento yankee, un puestecito donde podías tirar a un payaso en una piscina si dabas con la pelota en el centro de la diana. Menos mal que consiguieron tirarlo al puto payaso, porque menuda risita insoportable, que a punto estuve de pillar yo unas bolas y darle su merecido.
Y mañana me voy de picnic a Central Park con mis classmates. Ya no me dejaré embaucar por las ardillas, que me han avisado de que son muy peligrosas, las jodías, con lo monas que son.
En fin, that's all, folks.

sábado, 30 de agosto de 2008

Parrillada de verano

En estos días que llevo de recreo y solaz en Altea luchando (y parece que venciendo) a mi persistente Hueso de Pollo, he vuelto a reencontrarme con la televisión. Que la tenía yo muy abandonada, hombre, que no me reconocía ni yo. Creo que lo único que he seguido este año en la caja tonta ha sido "Física o Química", para mi escarnio público, lo sé, y con verdadera devoción. Cuento las horas para que vuelvan esos diálogos tan didácticos a la par que desternillantes con ínfulas de moraleja. Y tengo que reconocer que seré la única persona que se los bajará de internet cuando me vaya a los States. Eso, que me he pasado los últimos meses, ya fuera por trabajo o por ocio, con la nariz pegada a la pantalla de mi portátil.
Pero a lo que iba, tres cositas me han llenado de alegría en mis vacaciones:
- "Mujeres, hombres o viceversa": No entiendo cómo he sobrevivido hasta ahora sin ver este programa. Pero gracias a Telecinco 2 puedo recuperar el tiempo perdido (así como ver la reposición de Gran Hermano 1 y descubrir que todos eran monstruosamente feos y lo que hemos cambiado desde el 2000. Para mejor, creo, aunque dentro de 10 años otro gallo cantará). Qué grande este programa, lleno de chonis recauchutadas y musculosos descerebrados. Qué grandes esas citas de 20 minutos en las que parece que el tiempo se detenga. Qué originalidad a la hora de escoger la temática de las citas. ¿Y por qué me parecen todos tan feos?
- "Ven a cenar conmigo": Este programa ha tocado techo (o fondo, según se mire) esta semana con un grupo de A Coruña. Sin palabras me ha dejado ese ser de nombre Edi, sacando una coleta cortada cual torero que otrora había formado parte de una frondosa melena de una cajita con forma de minicabina de teléfonos como colofón final a una cena grandiosa. Miento, como colofón final fue la verbena que se montó en el galpón de su casa, micro en mano y jaleando al personal. Yo lloraba de la risa, créanme.
- "Impares": otro descubrimiento que me da la impresión de que está un pelín infravalorado. No parece una serie propia de Antena 3, sino más bien parece un producto de esos nuevos canales moderniquis de los que nunca me acuerdo y es como si no existieran. Breve, divertida y bien hecha.
Y para disgusto de Ra, he de decir que por fin le he cogido el punto a Camera Café. ¿No les decía que he vuelto a la tele? Y por la puerta grande.